La niña Arabel abrió por fin sus enormes ojos -uno de cada color: verde como la menta y acaramelado como la miel- y parpadeó un par de veces antes de poder enfocar correctamente al Señor Blanco, que permanecía tumbado en la almohada junto a sus rizos cobrizos, lamiéndose en una elástica contorsión la pata trasera derecha. El Señor Blanco también parpadeó, mirándola un momento con sus ojos oblícuos de color zafiro, todavía con la lengua rosa de fuera y la pata muy estirada. Y al segundo ya estaba pasándole la lengua rosa de lija por las mejillas aún coloradas tras el sueño.
-Buenos días tenga usted también, Señor Blanco. -le dijo la niña Arabel con un susurro y una risa. Acto seguido, se incorporó sobre uno de sus pequeños codos y miró alrededor, -apartando un poco con una mano al Señor Blanco-, hasta que sus ojos se encontraron con la figura oculta entre las sombras junto al armario blanco y lila-. No me he olvidado de usted, Señor Áquila. ¡Buenos días!
La figura dio un paso, saliendo de las sombras, y se dobló por la cintura en una reverencia exagerada.
-El Cazador a sus servicios. Como siempre, milady. -dijo guiñándole uno de sus ojos dorados mientras volvía a la verticalidad. El Señor Áquila tenía el cabello negro y brillante como ala de cuervo, y la piel morena, con unos hermosos rasgos marcados. Vestía una capelina de seda negra bordada con flores y aves rapaces, camisa blanca, pantalones oscuros y altas botas de montar. Y al cinturón solía llevar un gran cuchillo de caza, con la empuñadura dorada engastada con un enorme rubí, enfundado en cuero brocado con el dibujo de un águila.
El Señor Áquila se echó a un lado cuando la mamá de la niña Arabel entró por la puerta entreabierta del dormitorio, volviendo a deslizarse entre la oscuridad como si ella pudiese verle; Arabel sabía perfectamente que nadie excepto ella podia ver al Cazador. Y se sentó sobre la colcha de florecillas rosas y azules, intentando colocar sus piernecitas tal y como había visto en alguno de los libros de posturas raras que solía usar su mamá cuando estaba nerviosa.
-Arabel, cielo, ¿ya estás despierta? -le dijo acariciando una de sus mejillas y colocándole el cabello rojizo hacia atrás.
Arabel movió con un gran ímpetu la cabeza, arriba y abajo, de modo afirmativo.
-Sí, sí, sí. Ya estoy despierta. -y se quedó mirando a mamá, esperando algo indefinido.
-Nena, es muy temprano; pero si quieres, puedo prepararte algo para desayunar. ¿Quieres?
Los ojos desiguales de la niña Arabel se hicieron todavía más grandes, más brillantes; y volvió a afirmar enérgicamente con la cabeza.
-¿Pueden desayunar con nosotros el Señor Blanco y el Señor Áquila, mami? -preguntó poniendo la cara suplicante que sabía que surtiría efecto.
Mamá se rió.
-Sí, cielo; si quieres pueden venir. Ahora métete un momento en cama, -le dijo ayudándola a introducirse entre las sábanas-, que te vendré a buscar en cuanto esté listo.
Sara ya era mayor. Podía notarlo por el dolor en la espalda y la horrible jaqueca que la acompañaban de vez en cuando desde hacía un tiempo; pero, sobre todo, se había dado cuenta de lo mayor que era, y que sería, por el martilleante sonido del despertador que la avisaba de que eran ya las seis y media de la mañana. No es que fuera la primera vez que se levantaba a esa hora, llevaba haciéndolo desde que había empezado a trabajar en el Centro Comercial; sin embargo, ese día, los años le habían caído de pronto encima como una losa que la mantuviese inmóvil sobre el colchón, incapaz de mover la mano para apagar el repiqueteo incesante de la campanilla del despertador. Era una losa informe, sorpresiva y definitivamente con una inconmensurable falta de sentido de la oportunidad. Como pudo, intentó echarla a un lado para estirar torpemente el brazo y apagar de una vez la alarma que le taladraba los oídos. Suspiró, cogió aire en los pulmones, y con un gran esfuerzo, se deshizo por fin de la maldita losa. “Hoy no”.-se dijo-. “No has elegido un buen día para llegar”. Y se incorporó en cama lo mejor que pudo. Levantarse y escoger la ropa adecuada fueron movimientos automáticos que llevó a cabo sin grandes problemas; igual que la ducha matutina y el vestirse. Eran cosas que llevaba haciendo sola desde los cinco años, así que veinticinco de práctica le habían servido no tanto para depurar la técnica como para poder hacerlo por fin sin cometer errores del tipo: ponerse calcetines de pares distintos o una camiseta del revés. Volvió a suspirar, lo más difícil de los días normales había pasado, pero tenía que recordar que aquél no sería precisamente un día “normal”.