La niebla del amanecer cubría el campo de batalla. Athayr lo contemplaba atentamente desde la entrada de su tienda. Llevaba allí mucho tiempo, desde antes de que el sol comenzase a teñir de naranja el cielo nocturno. Se cubría con una manta de piel de ciervo, pues el frío era considerable; pero permanecía descalzo, sintiendo la rugosidad de la tierra bajo sus pies. Aquella tierra por la que él y todo su ejército iban a luchar en pocas horas, por la que tal vez fuesen a morir cientos, o miles… o quizás él mismo… Y sonrió, porque al fin y al cabo, la Profecía deciá que eso no sería así, y que al final del día, cuando la sangre cubriese la hierba y la tierra del campo de batalla, se levantaría sobre el cadáver de su enemigo, alzaría como un trofeo su cabeza cortada y sería proclamado rey. Pero eso sería la final del día que a penas estaba comenzando en aquellos momentos, y sentía que aún le faltaba una eternidad de lucha y dolor y muerte antes de que llegase ese momento.
-Mi señor.-la mano de Wytt en la espalda lo sacó de sus pensamientos-. Mi señor, ¿qué hacéis ahí descalzo? No es un buen momento para enfermar.-le dijo el joven escudero.
Athayr se volvió hacia él, sonriente, y le revolvió el pelo castaño.
-La Profecía dice que los reyes no enfermamos, ¿sabes?
Los ojos azules de Wytt se abrieron como platos y una exclamación quedó cortada en su garganta. Athayr lo dejó allí y apartó la tela de la entrada para introducirse en la tienda.
-¿Os burláis de mí, mi señor?-le preguntó el chico mientras corría tras él un segundo después.
-¿Por qué habría de hacerlo, chico? Me han repetido tantas veces esa Profecía desde que tenía tu edad, que me sé de memoria hasta el último punto.El muchacho le miró parpadeando atónito.
-¿Y qué queréis decir con eso, mi señor?
Athayr cerró los ojos y sacudió la cabeza.
-Realmente nada, Wytt. Nada en absoluto.
Ninguna cosa pesaba tanto sobre los hombros de Athayr como aquella maldita Profecía que regía todos y cada uno de sus movimientos desde hacía casi diez años. ¿Por qué? ¿Quién les decía que era él ese futuro rey? ¿Y si ahora moría en esta batalla? ¿Y si se negaba a salir de nuevo a luchar y ver morir a tantos hombres, a tantos amigos? ¿Quién les decía que no podía casarse con Leah si ambos se amaban y estaban de acuerdo? ¿Una Profecía? ¡Los hombres hacen las profecías, no las profecías a los hombres! Y en ese momento se dio cuenta de que si esa noche por fin era rey, nada podría evitar qeu hiciese su voluntad, pues esa era la última línea de la Profecía.
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“… La Estrella Púrpura se alzará sobre el Enemigo abatido, levantará su cabeza, y la Casa de Reh volverá a reinar en Ancta. Así fue dicho por los Dioses. Y así se cumplirá.”
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Caía la lluvia, resonando como los pasos de miles de soldados con armadura que caminasen sobre el techo de paja de la casa. Athayr estaba asomado a la ventana, con la barbilla apoyada en los antebrazos, observando atentamente la tela de araña que resistía heroicamente contra viento y agua.Entonces se fijó en la figura oscura que caminaba por el sendero en dirección a la casa. Se apoyaba en un bastón tan retorcido como parecía la propia espalda del caminante. Se cubría con un manto con capucha pardo, o tal vez negro, bajo el que a penas se vislumbraban un par de botas gastadas y otro de manos como garras de águila; pero era imposible saber si se trataba de hombre, mujer, humano o de cualquier otra raza. Se acercaba con paso firme y la lluvia parecía no molestarle ni dificultar su camino, así que cuando Athayr se decidió a ir a avisar a su madre, el misterioso visitante ya estaba golpeando la puerta de la casa con su bastón.
-¡Madre!-gritó mientras se oían un par de toques, madera contra madera- ¡Hay alguien en la puerta!
Su madre ya salía de la cocina, limpiándose la harian de las manos en la tela que colgaba de su cinturón para tal menester.
-¿Has visto quién es, hijo?-preguntó al chico mientras se aproximaba a la puerta.
-La verdad es que no se le veía la cara. Llueve y lleva capucha.
Abrió con un crujido, justo cuando el bastón iba a golpear de nuevo. El viento y la lluvia mojaron las zapatillas de ante de su madre, que miraba perpleja la figura que tenía ante sí.
-¿Me vas a tener aquí fuera con este tiempo?-resonó la voz chirriante de urraca bajo la capucha. Y con un gesto del bastón, su madre se apartó para que pudiese entrar. Se encaminó a la mesa, se sentó en una silla y por fin Athayr pudo ver su rostro cuando echó la capucha hacia atrás.
Crónicas de Ancta I. Un comienzo
Marzo 8, 2007 en 2:10 pm (Crónicas de Ancta, Fantasía, Literatura)
La Caída
Abril 1, 2006 en 11:26 am (Fantasía, Literatura, Relatos sueltos)
Mientras caía, el Ángel se preguntó si había merecido la pena, si alguna vez se darían cuenta de lo que habían perdido realmente, si alguna vez se perdonarían por no volver a oír la Voz reconfortante. Roca, magma y cenizas; era lo único que les quedaba, porque ya no volverían a ver la Luz Divina, y nunca más sentirían su Presencia.
De rodillas, sobre la lava todavía caliente, rodeado de los humos sulfurados, levantó la cabeza para ver por última vez el Destello en lo Alto. Cerró los puños, se tragó las lágrimas amargas y se levantó orgullosamente. Ahora tenía todo un Reino para gobernar.
*Clavis* II- La Niña Arabel
Marzo 27, 2006 en 4:43 pm (*Clavis*, Fantasía, Literatura)
La niña Arabel abrió por fin sus enormes ojos -uno de cada color: verde como la menta y acaramelado como la miel- y parpadeó un par de veces antes de poder enfocar correctamente al Señor Blanco, que permanecía tumbado en la almohada junto a sus rizos cobrizos, lamiéndose en una elástica contorsión la pata trasera derecha. El Señor Blanco también parpadeó, mirándola un momento con sus ojos oblícuos de color zafiro, todavía con la lengua rosa de fuera y la pata muy estirada. Y al segundo ya estaba pasándole la lengua rosa de lija por las mejillas aún coloradas tras el sueño.
-Buenos días tenga usted también, Señor Blanco. -le dijo la niña Arabel con un susurro y una risa. Acto seguido, se incorporó sobre uno de sus pequeños codos y miró alrededor, -apartando un poco con una mano al Señor Blanco-, hasta que sus ojos se encontraron con la figura oculta entre las sombras junto al armario blanco y lila-. No me he olvidado de usted, Señor Áquila. ¡Buenos días!
La figura dio un paso, saliendo de las sombras, y se dobló por la cintura en una reverencia exagerada.
-El Cazador a sus servicios. Como siempre, milady. -dijo guiñándole uno de sus ojos dorados mientras volvía a la verticalidad. El Señor Áquila tenía el cabello negro y brillante como ala de cuervo, y la piel morena, con unos hermosos rasgos marcados. Vestía una capelina de seda negra bordada con flores y aves rapaces, camisa blanca, pantalones oscuros y altas botas de montar. Y al cinturón solía llevar un gran cuchillo de caza, con la empuñadura dorada engastada con un enorme rubí, enfundado en cuero brocado con el dibujo de un águila.
El Señor Áquila se echó a un lado cuando la mamá de la niña Arabel entró por la puerta entreabierta del dormitorio, volviendo a deslizarse entre la oscuridad como si ella pudiese verle; Arabel sabía perfectamente que nadie excepto ella podia ver al Cazador. Y se sentó sobre la colcha de florecillas rosas y azules, intentando colocar sus piernecitas tal y como había visto en alguno de los libros de posturas raras que solía usar su mamá cuando estaba nerviosa.
-Arabel, cielo, ¿ya estás despierta? -le dijo acariciando una de sus mejillas y colocándole el cabello rojizo hacia atrás.
Arabel movió con un gran ímpetu la cabeza, arriba y abajo, de modo afirmativo.
-Sí, sí, sí. Ya estoy despierta. -y se quedó mirando a mamá, esperando algo indefinido.
-Nena, es muy temprano; pero si quieres, puedo prepararte algo para desayunar. ¿Quieres?
Los ojos desiguales de la niña Arabel se hicieron todavía más grandes, más brillantes; y volvió a afirmar enérgicamente con la cabeza.
-¿Pueden desayunar con nosotros el Señor Blanco y el Señor Áquila, mami? -preguntó poniendo la cara suplicante que sabía que surtiría efecto.
Mamá se rió.
-Sí, cielo; si quieres pueden venir. Ahora métete un momento en cama, -le dijo ayudándola a introducirse entre las sábanas-, que te vendré a buscar en cuanto esté listo.
*Clavis* I- Una losa y dos llamadas
Marzo 26, 2006 en 5:11 pm (*Clavis*, Fantasía, Literatura)
Sara ya era mayor. Podía notarlo por el dolor en la espalda y la horrible jaqueca que la acompañaban de vez en cuando desde hacía un tiempo; pero, sobre todo, se había dado cuenta de lo mayor que era, y que sería, por el martilleante sonido del despertador que la avisaba de que eran ya las seis y media de la mañana. No es que fuera la primera vez que se levantaba a esa hora, llevaba haciéndolo desde que había empezado a trabajar en el Centro Comercial; sin embargo, ese día, los años le habían caído de pronto encima como una losa que la mantuviese inmóvil sobre el colchón, incapaz de mover la mano para apagar el repiqueteo incesante de la campanilla del despertador. Era una losa informe, sorpresiva y definitivamente con una inconmensurable falta de sentido de la oportunidad. Como pudo, intentó echarla a un lado para estirar torpemente el brazo y apagar de una vez la alarma que le taladraba los oídos. Suspiró, cogió aire en los pulmones, y con un gran esfuerzo, se deshizo por fin de la maldita losa. “Hoy no”.-se dijo-. “No has elegido un buen día para llegar”. Y se incorporó en cama lo mejor que pudo. Levantarse y escoger la ropa adecuada fueron movimientos automáticos que llevó a cabo sin grandes problemas; igual que la ducha matutina y el vestirse. Eran cosas que llevaba haciendo sola desde los cinco años, así que veinticinco de práctica le habían servido no tanto para depurar la técnica como para poder hacerlo por fin sin cometer errores del tipo: ponerse calcetines de pares distintos o una camiseta del revés. Volvió a suspirar, lo más difícil de los días normales había pasado, pero tenía que recordar que aquél no sería precisamente un día “normal”.
Ya en la cocina, colocó un post-it en la nevera para recordarse a la sí misma del futuro que debería comprar leche, galletas, mermelada y alguna otra cosa que en ese preciso momento no podía recordar. Desayunó con la falta de tranquilidad y tiempo habitual en ella y echó los cacharros sucios al fregadero. Volvió a suspirar y miró el reloj con forma de vaca que colgaba en la pared sobre su cabeza. Las siete y media; todavía le quedaba cerca de una hora. Y se dirigió a la puerta principal del apartamento con una sonrisa que no terminaba de comprender, pues realmente empezaba a sentir esas libélulas en la barriga, las que notaba cuando se ponía francamente nerviosa.
¡Riiiinnnnggg! ¡Riiiiinnnngggg! El teléfono. Descolgó al tercer timbrazo.
-¿Diga? -dijo después de carraspear, pensando en quién sería el insensato que llamaba por teléfono a alguien a las siete y media de la mañana. Que ese alguien estuviese ya despierto y a punto de salir a trabajar era pura coincidencia, por supuesto.
-¿Sara? Soy yo, Laura. -sí, no cabía duda de que la voz era la de su hermana mayor.- Mira, te llamaba para que te acuerdes de que hoy te llevo a Arabel. ¿A eso de las cinco?
-Sí. -suspiró de nuevo-. A esa hora me va bien. -las libélulas empezaron a hacer picados acrobáticos en su estómago, chocando unas contra otras y volviendo a empezar.
-Pues vete preparando, porque ya está despierta preparando su maleta y planeando lo que váis a hacer. -la oyó reirse al otro lado del hilo telefónico. ¿Era sadismo lo que notaba en su risa?- Que sepas que se llevará al Señor Blanco. -remató.
-¿Ese amigo suyo invisible? -preguntó, intentando disimular el temblor en la voz.
-No, mujer. El Señor Blanco es el gato. -y volvió a reírse. ¿Burla tal vez?
-¡Ah!¡Eso lo soluciona todo! -le salió del alma.- ¡Tres al precio de uno!
-¿Te molesta que lo lleve? Es que ella lo quiere tanto…. -y al oír la pena en la voz de Laura se sintió tremendamente culpable.
-No, mujer. Ya sabes que adoro a los gatos. Si tuviera tiempo tendría uno. En serio, no me molesta que lo traiga. Sólo tendré que apuntar la “comida para gatos” en la lista de la compra. -se acordó entonces de la hora y miró el reloj. Menos veinte.- Bueno, nena, te dejo, que me tengo que ir a trabajar.
-¿A las cinco? -le oyó decir otra vez.
-Sí, a las cinco. Un beso a Pablo. Chao.
-Chao. -y colgó.
Cuando se dirigía a la puerta lo oyó. ¡Toc, toc! Dos golpes de nudillos contra madera. ¿Quién demonios llamaba a la puerta -sin usar el timbre- a las ocho menos veinte de la mañana? Le pareció sufrir un “deja vú”. Pero como iba a salir, le dio un poco más igual que antes. Miró por la mirilla, y volvió a mirar de nuevo. Siete de junio… No, hasta donde sabía, nadie celebraba los Carnavales en siete de junio. Así que abrió la puerta y dijo lo de siempre:
-No me interesa comprar nada. -mientras miraba al hombre frente a ella de arriba a abajo.