Retazos de una historia sin terminar

Nadie le había dicho nunca antes la verdad. Tuvo que descubrirla ella misma y de aquella forma tan peculiar. Vivía sola, en un pequeño ático de un edificio apartado del centro: nunca le había gustado estar rodeada de gente; cosa curiosa teniendo en cuenta a qué se dedicaba por aquel entonces. Tenía que apañarse como podía con el sueldo de camarera de fin de semana de un concurrido pub situado apenas a un par de casas de donde vivía. Toda su vida quedaba cerca de la vetusta Facultad en la que estudiaba durante el resto de la semana.
La única compañía que solía tener era la música de su viejo radio-cassette y las visitas eventuales de Sebastián, el dueño del local en que trabajaba. Al final había resultado un buen amigo, a pesar de las discusiones que tenían cada vez que hablaban: por cualquier tema, por cualquier cosa, siempre terminaban enfrentados, con posturas completamente opuestas.
El ático no era muy grande. En el salón ya tenía la cama, no por falta de una habitación que cumpliese las funciones de dormitorio, sino porque casi todo lo que le gustaba a Gabi lo tenía allí, con lo que había terminado por trasladar la cama de su sitio habitual a ese otro tan poco ortodoxo. La antigua alcoba, a su vez, había terminado ejerciendo de trastero-vestidor. Un baño y una pequeña cocina ocupaban el resto del espacio junto con el tendedero, en donde solía dormitar Spot, el gato.
La vida de Gabi podría haber sido la de una estudiante normal, de no ser porque precisamente no lo era. Todo lo que hacía y pensaba terminaba influenciado por las visiones. Siempre habían estado ahí, desde que tenía uso de razón. Destellos de luz que cegaban todo a su alrededor; imágenes, borrosas primero y luego nítidas como la vida misma, describiendo en segundos cosas que después podían durar horas o días, para volver después a la realidad con el mareo en la cabeza, el nudo en el estómago y, algunas veces, el vómito a los pies. Siempre sucedía igual, y todo lo que veía terminaba tomando cuerpo en el mundo real. Pocas personas, a parte de su madre y de su abuelo, sabían que aquellos “ataques” no tenían nada que ver con la epilepsia ni con ninguna otra enfermedad –eso era lo que solía pensar la mayor parte de la gente, una mayoría que probablemente nunca había presenciado un auténtico ataque epiléptico. Sus abuelos siempre habían considerado que sus visiones eran una bendición de Dios. Y su madre callaba, nunca decía nada.
Aquel día había comenzado como tantos otros días, con la radio puesta y la puerta del baño abierta para poder oírla mientras se duchaba. El sonido de la voz del hombre de las noticias de la tarde la acompañaba, aunque aquel día parecía que todo eran horribles catástrofes y revueltas civiles. Spot odiaba especialmente ese cuarto, por eso a penas solía entrar, y como mucho asomaba su cabeza rayada por el marco de la puerta. Esa fue la última visión del mundo real que tuvo antes de que el rayo de luz atravesase su cabeza: los ojos anaranjados del gato que la miraban fijamente. Unos ojos negros. Una mano de piel morena con un anillo de plata y el puño de una camisa negra. Ropa blanca que ondea. Papá. Sangre en la ropa blanca, atravesada por una espada. Olor a plumas quemadas. Papá empuñando la espada. Una hermosa sonrisa, piel morena. Azulejos blancos. Los azulejos del baño, la lengua rasposa de Spot lamiendo su mano. Otra vez el mareo y unas náuseas que no pudo detener.
Spot salió corriendo a tiempo. Gabi se levantó pesadamente después de un momento para asentarse en su vida de nuevo. Sin saber porqué se había dado cuenta de que aquella visión había sido diferente: había visto a su padre por primera vez. Se limpió la comisura de los labios y tomó un vaso de agua para enjuagarse la boca y sacarse el sabor a bilis. Se miró en el espejo, -todavía con el pelo mojado y la piel húmeda-, fijamente a los ojos marrones, el cabello ondulado de color castaño caoba, la piel blanca y fina. Reconoció en su imagen aquélla que había visto en su visión y que sin saber porqué identificó con su padre. Un escalofrío la recorrió de los pies a la cabeza mientras se agarraba firmemente al borde del lavabo. Tomó la toalla que había al lado de la mampara de la ducha y comenzó a secarse lentamente todo el cuerpo, intentando asimilar todo lo que había visto esta vez. Después de secarse el cabello con el secador, salió al salón, apagó la radio y fue a vestirse, tenía que estar a punto en media hora; a punto y sirviendo copas con la mejor sonrisa posible.

Entonces vio aquellos ojos entre la multitud. Eran negros, profundos y brillantes como el infierno. De pronto estaban frente a ella, mientras su voz le susurraba al oído: “Quiero tu mente, tu cuerpo y tu alma”. Al cobrar consciencia del momento dio un respingo y se echó hacia atrás. Vio su sonrisa, el cabello negro y rizado cayendo sobre la camisa negra y, de nuevo, sus ojos.
-¿Perdone?- consiguió articular.
-He dicho que si me puedes poner una copa de Barbancourt Reserva Especial, por favor.
Gabi sacudió la cabeza, se giró y cogió la botella de ron jamaicano. La posó en el mostrador junto a la mano del hombre y vio el anillo de plata. Una mano de piel morena con el puño de una camisa negra. La misma de su visión.

Pérdidas

Ha perdido el día su mañana,
y el rosal la bella rosa blanca,
y el color dorado de la tarde,
y la noche sus estrellas de plata.
Porque al irte tú te has llevado contigo
la luz del sol que me iluminaba.
Y no hay vida si no es la tuya
ni hay sueños si tú me faltas.

Despertares

Tardé un momento en despertarme
y en darme cuenta
que ya no era todo
como antes fuera.
Me levanté de mi sopor
y se abrieron mis ojos,
a la fuerza,
y comprendí que ya nada había
como antes hubiera.

Es difícil el no desear
que el sueño otra vez vuelva,
porque son bellos
los sueños de la infancia,
y el tiempo y el viento se los llevan.

Los Caballeros del Templo de Jerusalem (y III Parte)

Cuando encendió de nuevo el mechero, más enfurecido que nunca por la bromita, vio una figuras que se alejaban hacia su derecha. ¡De modo que allí estaban…!. ¡Se iban a enterar!. Y se echó a andar tras ellos. Iba despacito para que no lo oyeran, pero él sí que oía sus pasos delante suyo. Ellos conocían el sitio tan bien que no necesitaban luz para caminar entre las ruinas.
De pronto un golpe de viento abrió la vieja ventana que había a su lado, y la lluvia le golpeó el rostro, apagándole el mechero mientras un rayo lo iluminaba todo.
Maldijo en voz baja y continuó caminando. Ya no oía sus pasos, y el mechero no se encendía. ¡Vaya una perra suerte!. Pero un poco más adelante encontró una puerta abierta que daba al exterior. Salió fuera para ver si estaban allí. Miró hacia los lados. La lluvia comenzaba a resbalarle por la cara. Seguro que ésa era otra de las suyas. Al volverse para entrar de nuevo, la puerta se cerró de golpe. ¡Malditos…!. Así que iban a dejarle allí fuera mojándose como un idiota. ¿Qué era?. ¿Otro truco para que perdiera la apuesta?. Se rió del miedo que había pasado allá abajo. ¡Qué estúpido había sido!. Pero no iba a quedarse allí mojándose, ¡de eso nada!. Y se echó a andar rodeando el monasterio para llegar a la puerta principal.
Al girar la esquina los vio de nuevo. Los tres cubiertos con capas blancas, y se metían por una puerta de un edificio que sobresalía del resto del monasterio. ¿Entonces quién había cerrado la puerta?. El viento, se dijo. Después de todo, el único idiota voy a ser yo. Y se encaminó hacia allí.
La puerta daba a un pasillo, y el pasillo a la parte posterior de lo que había sido un altar. Los rayos iluminaban de vez en cuando las majestuosas vidrieras de una pequeña capilla. Debía haber sido preciosa unos cuantos siglos antes. ¡Malditos curas!. Seguro que vivían como reyes sangrando a los pobre campesinos de la zona.
Se sintió maravillado por los candelabros y los restos de las figuras de santos. La gente había sido tan estúpida como para no mirar nunca en el interior de la capilla. Podría sacar bastante dinero si vendía todo aquello. De pronto se acordó de por qué estaba allí. Miró alrededor y no los vio.
-¡Chicos, salid ya, os he descubierto!.
Pero no salió nadie.
-¡Vamos, no seáis críos!.
Nada de nuevo. Y de pronto, los candelabros se encendieron. Miró a su alrededor buscándolos. Y de nuevo el susurro pronunció su nombre. Y él seguía dando vueltas sobre sí mismo mientras unos pasos metálicos se le acercaban y su nombre sonaba cada vez más cerca. Estaba en medio del pasillo que llevaba al altar, atónito, sin comprender nada, sólo que el corazón le iba cada vez más rápido y que aquello no tenía sentido.
De pronto se abrió la puerta de la capilla y un viento gélido apagó todas las luces, y se quedó allí quieto mirando a la puerta. Entonces algo frío le tocó el hombro, algo como una espada.
-¡Ey, chicos, vaya broma!.-dijo girándose.

Los tres iban corriendo bajo la lluvia con las largas capas empapadas. Se acercaban a la puerta principal del monasterio cuando oyeron el grito que venía de la parte posterior del edificio. Corrieron hacia allí. Él debía de haber encontrado la puerta de atrás. Seguro que estaba muerto de miedo, y ellos no habían hecho nada. No habían podido poner en marcha su plan porque la lluvia les había cogido de camino y habían tenido que guarecerse en una pequeña cabaña en el bosque. Cuando llegaron, la puerta de atrás de la capilla estaba abierta. Entraron, miraron el desvencijado interior y no vieron nada; tan sólo estaban los restos podridos de los bancos, y el viento y la lluvia entraban por las rotas vidrieras.
Lo buscaron en el monasterio, pero no lo vieron, y supusieron que se había ido a casa. Sin embargo, al día siguiente, los padres del muchacho no sabían en dónde estaba. Y no regresó en los días posteriores, y nadie supo nunca a dónde había ido ni si aquel grito había sido suyo.

Los Caballeros del Templo de Jerusalem (II Parte)

Las escaleras subían y bajaban. ¿A dónde iría primero?. Arriba era un poco más peligroso, el suelo de madera podrida y carcomida podía hundirse en cualquier momento. Abajo sólo había tinieblas. Comenzó a subir. La madera crujía peligrosamente bajo sus pies. Eso estaba mejor. Podía imaginarse que era un aventurero, un arqueólogo como Indiana Jones en busca del Arca de la Alianza. Además, ¿los templarios no venían de donde los judíos?
Al llegar a la penúltima escalera, ésta crujió más que las demás y cedió bajo sus peso. Se sujetó con ambas manos a la pared y a la última escalera, con lo cuál la antorcha salió volando y cayó unos cuantos peldaños más abajo.
-¡Maldita sea!. ¡Maldita sea!.-el tobillo le dolía un poco, pero se levantó para coger la antorcha antes de que provocara un incendio.
Volvió a subir, esta vez con más cuidado, y llegó al primer piso. ¡Al fin!. Con suma cautela caminó contra la pared hasta llegar a la primera puerta. No podía seguir, en el suelo había un enorme boquete que se lo impedía. La puerta también estaba cerrada, pero era tan vieja que se abrió fácilmente. Allí debía de ser donde comían los “curas guerreros”. ¡Pues vivían bien!. Había una larga mesa rodeada por enormes sillas de madera maciza con los restos de finos tapizados. También descubrió que había alguna que otra gotera al caerle una gruesa gota de agua en el cuello. Se le erizó la piel, y pasó la mano para secarse mientras se apartaba.
Entonces oyó el ruido. Era como si hubiesen cerrado una puerta al fondo del pasillo; pero era imposible, el agujero que había en el suelo lo hacía imposible. Además allí no había nadie más.
-Habrá sido el viento.- se dijo.
Pero prefirió salir de allí, por si se hundía o se caía algo más.
Se recordó que debía tener cuidado con las escaleras, y las bajó con toda la precaución posible. Y, ¿ahora qué?. Pues a mirar lo que había abajo. Y comenzó a descender por las escaleras de piedra.
Un crujido en las viejas escaleras de madera le hizo mirar hacia arriba. Volvieron a crujir otra vez, pero no había nada. Y otra. Él estaba allí inmóvil, sujetando la tea mientras el corazón comenzaba a chocarle contra las costillas. Otro crujido. Y de pronto se derrumbaron levantando una polvareda mientras él saltaba hacia atrás. -¡Joder!. ¿Ha sido culpa mía?.- se dijo en alto para tranquilizarse. Y se decidió a bajar con calma y respirando hondamente para calmarse. Se había librado de una buena. ¿Y si se hubieran desmoronado cuando él estaba bajando?. ¡Qué suerte!. Esos peldaños al menos eran de piedra, estaban gastadas, pero siquiera no se hundirían bajo sus pies.
Mientras bajaba, el olor a humedad, un olor rancio y podrido que ya se respiraba arriba, se fue haciendo cada vez más fuerte; y la oscuridad, más negra todavía. El frío le calaba los huesos. Su ropa estaba algo húmeda por la lluvia, pero hasta entonces no la había sentido tan pegada a su piel.
Llegó al fondo, y no se veía el principio de las escaleras. Allí había lo que parecían unas celdas. Debía de ser donde los curas metían a sus prisioneros de guerra. Vio unos bultos a la derecha y se acercó para iluminarlo mejor. Eran viejos instrumentos de madera podrida con metal oxidado. Armas semejantes a las que salían en las películas medievales. ¿Serían para torturar a los presos?. Seguro que sí; todos esos curas en el fondo eran iguales. Inquisidores.
Volvió hacia donde estaban las celdas para mirar a ver si había algún resto humano olvidado en su interior. Entonces oyó algo así como pasos arriba, unos pasos que comenzaban a bajar las escaleras… ¡Son ellos, seguro!. Voy a darles un susto de muerte, pensó. Y cuando se encaminaba hacia el interior de una de las celdas, los pasos cesaron. Se detuvo para escuchar. Nada. Durante unos minutos estuvo en silencio escuchando. Pero nada. ¿Habían visto la luz al fondo de la escalera?. ¿Y si los llamaba?.
-¡Chicos, soy yo!. ¡Estoy aquí!.
Un ruido desde el interior de la celda. La iluminó, y el susto hizo que soltara la antorcha para cubrirse la cara mientras decenas de asquerosos murciélagos salían chillando y comenzaban a subir por el hueco de las escaleras. La antorcha salió rodando para caer en un charco de agua cochambrosa y apagarse con un silbido.
-¡Joder!. ¿Por qué me tiene que pasar esto a mí?.-exclamó estirando los brazos en la oscuridad mientras el ruido del aleteo de los murciélagos se extinguía.
Pues no debían de estar allí, pensó al encender de nuevo el mechero, de lo contrario les oiría siquiera gritar al verse sorprendidos por aquellas ratas con alas. Pero entonces oyó aquel susurro que pronunciaba su nombre, e iluminó las escaleras. Sin embargo allí no había nada. Imposible, debían de estar allí, delante de él, para poder escucharlo con tanta claridad.
El corazón volvió a latirle de nuevo a toda prisa, y sintió como que casi se le salía por la boca cuando escuchó de nuevo aquel susurro, aquella voz que lo llamaba al lado de su oído; y se giró al notar como si una mano le rozara el hombro para llamar su atención. Pero allí no había nada; no veía nada. Se pegó contra la pared, con la boca abierta, la exclamación ahogada, y permaneció unos minutos eternos mirando a la oscuridad y esperando que aparecieran sus amigos de la nada.
Es tu imaginación, se dijo, solamente tu maldita imaginación. Pero el corazón continuaba latiéndole a toda velocidad, y sentía cómo la sangre caliente corría por sus venas congeladas por el pánico que se había apoderado de él. Durante bastante tiempo permaneció inmóvil, maldiciendo aquel condenado sitio, su maldita suerte y a los “curas guerreros”. Cuando se consiguió calmar lo suficiente se encaminó a las escaleras y las subió a la carrera. Por un par de veces se apagó el mechero, y por un par de veces tropezó y se cayó; pero volvió a levantarse y a subir sin pensar en nada, sin asustarse por nada. O al menos eso intentaba.
Al llegar arriba corrió hasta la puerta, pero estaba cerrada. ¡Maldita sea!. La empujó con todas sus fuerzas, pero no cedía ni en broma. ¡Aquellos tres graciosos se iban a enterar cuando los cogiera!. Ahora ya sabía que ellos estaban allí.

Los Caballeros del Templo de Jerusalem (I Parte)

Allá por el año 1118 de Nuestro Señor, -tras la toma de Jerusalem por los cruzados cristianos-, Hugo de Payens, Godofredo de Saint-Omer y un grupo de caballeros fundaron la Orden del Templo para la protección de Tierra Santa y de los peregrinos.
Estos caballeros eran a la vez religiosos y militares; organizaban su vida según la regla monástica benedictina, adaptándola a la condición seglar y a las actividades guerreras de sus miembros.
Pero la pérdida de la Tierra Santa, a manos del Islam, cuya defensa había sido la primera razón de ser de la Orden, y sin poder justificar ya su existencia, provocó su disolución en manos de Clemente V en el año de Gracia de 1312.
Sin embargo, de todos es conocido los enigmas que envolvieron, -y que todavía envuelven-, a los sitios donde vivieron y murieron los caballeros del Templo. Son lugares rodeados de misterio –y porqué no, también de magia-, en los que aún es posible escuchar el murmullo de sus oraciones antes de entrar en combate, o incluso hay quien jura escuchar algunas noches el metálico chasquido de las espadas entrechocando. Por lo tanto, la siguiente historia pudo suceder en cualquiera de sus doce provincias de Occidente, o de sus cinco en Oriente, lo único cierto es que ocurrió… o que tal vez haya sido producto de la imaginación de los que se sienten fascinados por su misterioso modo de vida y su desaparición.

Desde pequeños se habían sentido fascinados por la vida de aquellos “caballeros monjes”, los admiraban y se sentían sobrecogidos por el regio monasterio en el cuál habían vivido y por el que habían luchado hasta la muerte. Jugaban de niños en el bosque que ahora lo rodeaba, soñaban con que eran caballeros del Templo de Jerusalem y que daban su vida por proteger sus muros y sus tierras. Por eso no comprendían que aquel muchacho que había llegado al pueblo hacía poco se burlara de sus juegos de infancia y del respeto que mostraban hacia ellos, los templarios.
Le iban a dar una lección, una buena lección. Aprendería a no reírse de ellos ni de aquel lugar que para ellos era tan especial. Le habían apostado a que no era capaz de resistir una noche entre los muros del monasterio. Ellos se disfrazarían con largas túnicas blancas con cruces rojas, las que utilizaran en el baile de disfraces de hacía un par de meses, y lo asustarían hasta que se meara en los pantalones.


Hacía un par de horas que se había hecho de noche. La luna brillaba tímidamente en el cielo de invierno que empezaba a cubrirse de oscuros nubarrones. ¡Mierda!, y todavía no había llegado al maldito monasterio. Perdería la apuesta por culpa de su madre y su insistencia en que tenía que fregar los cacharros después de la cena. Miró el reloj; las once menos cuarto. Tendría que echarse una carrerita si quería llegar antes de las once y antes de que empezara a llover.
En diez minutos estaba ya en el camino que conducía a la entrada del edificio. Se detuvo un momento para tomar aire. El corazón parecía salírsele del pecho por el esfuerzo. En realidad no estaba nervioso ni sentía miedo por pasar unas horas entre aquellos estúpidos cuatro muros medio derruidos. ¿De verdad aquellos tres se creían que le asustaría pasar la noche en lo que fuera una casa de curas? ¡Vale!, luchaban. ¿Y qué?. Eran curas que se habían muerto un montón de siglos antes. ¡Qué estupidez!
Bien, ya se sentía mejor. Miró a su alrededor. Los árboles habían perdido todas sus hojas. Sus formas caprichosas y retorcidas mostraban que ya tenían algún que otro siglo de antigüedad. Avanzó entre ellos con paso firme y decidido. De pronto la luna se ocultó y sintió como comenzaban a caer las frías gotas de agua sobre la piel de su rostro.
-¡Mierda!-exclamó mientras echaba a correr hacia la puerta del monasterio.
Había quedado allí fuera con aquellos tres impresentables, pero no iba a quedarse como un pasmarote bajo la lluvia. Les esperaría dentro. Empujó un poco el viejo portón de madera, pero estaba demasiado oxidado para abrir así de fácil. Tantos siglos y ni una gota de aceite para los goznes…
Un rayo se hizo camino entre las nubes y lo iluminó todo.
Dio un respingo al ver la horrible cabeza que había tallada sobre la puerta, justo encima del escudo de armas. Parecía que hubieran cogido a alguien y le hubiesen hecho atravesar el muro hasta los hombros, de modo que sobresaliera la cabeza de ese lado. ¡Y encima había tormenta!
-Pues yo no pienso mojarme.-y con un pequeño esfuerzo logró que las hojas de la puerta se movieran e hicieran un hueco suficiente para que él cupiera.

Dentro no llovía, pero tampoco se veía nada. Las pocas ventanas que había debían de estar bien cerradas y apuntaladas para que nadie entrara. Allí el máximo peligro que había era el de un derrumbamiento. Encendió el mechero. Y por el estado en el que se encontraban los muros, cualquier día de éstos se vendría abajo. ¡Vaya una mierda de sitio!
Miró a derecha e izquierda. Más allá sólo había tinieblas, así que se echó a andar hacia la derecha sin saber muy bien a dónde ir. Unos metros más adelante encontró unas viejas antorchas. Al menos estaban secas, y tal vez prendieran con el fuego del mechero… ¡Genial!, ya tenía una iluminación algo decente.
Siguió caminando e inspeccionando todas las habitaciones que estaban abiertas. Tan sólo encontró telarañas, alguna rata inmunda, y los restos de lo que semejaban mesas, sillas, camas y candelabros de metal. ¡Pues qué bien! ¡Menuda aventura más aburrida!.

Y los otros tres sin aparecer.
Llegó de nuevo a la entrada. “¿Y ahora qué? ¿Me siento en el suelo y espero a que aparezcan? ¿O habrán llegado ya?”. No. Si hubiesen llegado lo llamarían para asegurarse de que estaba allí, seguro. Así que sólo le quedaba una solución: ver lo que había al fondo de unas cochambrosas escaleras unos metros más allá a su izquierda. Se encaminó hacia allí con paso decidido.

2. En el atolladero

Miles O’Riordan estaba de mierda hasta el cuello. No literalmente, claro, sino debido a la cantidad de papeles y trabajos atrasados que llevaba. Lo cierto es que ya no era como antes, es decir, ya no tenía veinte años. ¡Qué coño! ¡Ya no tenía 30! Era un ex-mercenario cuarentón reconvertido en investigador corporativo. Lo que muy pocos sabían es que trabajaba, -o por lo menos hacía que trabajaba-, para varias corporaciones rivales sin que ninguna se enterase… todavía. ¡La vida era dura en Nueva Washington! Y se le acumulaba el trabajo en las últimas semanas más que en los meses anteriores. Probablemente era debido a que Narita High Corp estaba investigando algo nuevo, algo que parecía que iba a revolucionar el estado de las corporaciones, o por lo menos de sus más directas competidoras: Bio High Tech Stone y Genetics Union Labs. En algún sitio tenía metido el último informe que había preparado para Union… aunque con el revoltijo de papeles que tenía en aquel cuchitril al que llamaba oficina, le sería imposible encontrarlo antes del final del milenio.
Necesitaba una secretaria desesperadamente. Lo tenía difícil, la verdad; su última secretaria se había largado tres semanas atrás chillando como una loca que “aquello lo iba a hacer su madre si tenía ovarios”. No había acabado de entender a qué se refería, simplemente la había mandado a tomar vientos y le había cerrado la puerta en sus esculpidas posaderas (marca Stone, por supuesto). Desde entonces había sido incapaz de mantener ordenados los ficheros, no sólo los electrónicos –no se le daba muy bien aquello de la informática, la verdad es que la odiaba, y prefería mil veces un buen fichero de cartón lleno de folios; encontraba las cosas más fácilmente, por extraño que le sonase a algunos, y por imposible que pareciese en aquel maldito momento-, sino también los de papel.
Cogió un montón de folios de encima de la mesa y los metió en un archivador con la letra B escrita en tinta roja. Cuando estaba encarándose con el siguiente montón, sonó el teléfono.
-Sí, aquí estoy.-dijo con voz seria-. ¿Qué clase de ayuda?… Ajá… Ya veo… Tenéis un lío casi tan grande como el que tengo yo ahora mismo.-y se rió de modo estruendoso-. No hace falta que te preocupes, muñeca. O’Riordan se encargará de tu problemilla. En una hora más o menos me tienes en tu despacho. A tu disposición.-y se sonrió-. Nos vemos entonces, encanto… Ok, ok, nada de “encantos”.-y colgó pasándose una mano pecosa por la frente.- ¡Lo que me faltaba!- y suspirando se dirigió al armario metálico en el que guardaba sus abrigos.
Tendría que darse prisa. Aún tenía que pasar por su apartamento a buscar su pase acreditativo a la Zona Corporativa; y después que no le pusieran muchas pegas a la hora de entrar… aunque suponía que si eso pasaba, con llamar a la señorita Kayima estaría todo resuelto… o eso esperaba. Cogió su gabardina verde oscuro, su boina de los Cuerpos Especiales –recuerdo de viejos tiempos-, y salió dando un portazo, sólo para girarse cuatro pasos más allá y regresar a cerrar la cerradura magnética. ¡Demonios! ¡Se olvidaba de que ya no tenía secretaria!

1. Un espía entre nosotros

La niebla rodeaba a Yae impidiéndole ver mucho más allá de dos metros de distancia. Miraba alrededor, con la naginata preparada, esperando. Oyó un rumor a su derecha y se giró a tiempo para detener la carga del samurai. La hoja de su naginata se clavó en el abdomen del guerrero, pero no le dio tiempo a sacarla antes del ataque del siguiente enemigo, a su espalda. Esquivó un primer golpe, saltando hacia la izquierda mientras desenfundaba su katana. Detuvo toda una serie de golpes y después se lanzó al ataque con movimientos fuertes y fluidos, desequilibrando a su enemigo hasta terminar con un golpe mortal en su costado.Yae sacó la hoja de la katana del vientre del samurai caído.
-Señora Kayima…-a su lado apareció el señor Tagawa con su pulcro traje de ejecutivo-… señora Kayima…
-¡Sakura!-gritó Yae. El flash blanco lo iluminó todo, y después se volvió todo negro por unos instantes mientras se quitaba el conector del interfaz de la sien izquierda.
-¿Qué sucede, señor Tagawa?-preguntó al recobrar conciencia del mundo real.
-Hay una llamada del presidente Norita. Parece urgente.
-Muy bien. Que me la pasen ahora mismo.
El señor Tagawa se inclinó hacia adelante a modo de despedida y salió del despacho sin darle la espalda, con la cabeza todavía ligeramente inclinada. Un piloto rojo se encendió en el teléfono sobre su escritorio. Pulsó con un dedo largo y fino el interruptor “sin manos”.
-Aquí Kayima. Es un honor recibir una llamada suya, presidente Norita-sama.-dijo con voz suave y encantadora.
-Kayima, ha llegado a nuestros oídos la posibilidad de un infiltrado en Norita High Corp.-le respondió al otro lado del aparato una voz impersonal, fría y profunda.
Los ojos de Yae se abrieron como platos, no tenía constancia de esa posibilidad. Ni siquiera tenían la más mínima sospecha.
-Ummm… Tal vez haya llegado también a sus oídos la noticia de que tengo a alguien con ese asunto.-contestó del mismo modo frío e impersonal, intentando disimular al máximo su sorpresa, y que no se notase la mentira.Hubo un instante de silencio, y el presidente respondió:
-Por supuesto. Nos alegra ver su diligencia, señora Kayima, y que se sigue manteniendo tan bien informada como nosotros. Esperemos que eso le permita seguir muchos años en el puesto que disfruta en este momento. ¿Cuál será su guía de acción?
-Descubrir cuanto antes la veracidad de ese… “rumor”, acallarlo lo antes posible, y deshacerme limpia y rápidamente de ese individuo… en caso de que exista. O demostrar que tan sólo se trata de un simple “rumor”.
-Bien.-oyó que decía Norita-. Manténganos informados. Que pase un buen día, Kayima Yae.-y oyó el “click” del final de la llamada.
Se dejó caer en su confortable sillón de cuero negro, soltando un profundo suspiro. Se inclinó hacia adelante y cogió el auricular marcando acto seguido un número de memoria.
-¿Miles?… Necesito ayuda.

Crónicas de Ancta I. Un comienzo

La niebla del amanecer cubría el campo de batalla. Athayr lo contemplaba atentamente desde la entrada de su tienda. Llevaba allí mucho tiempo, desde antes de que el sol comenzase a teñir de naranja el cielo nocturno. Se cubría con una manta de piel de ciervo, pues el frío era considerable; pero permanecía descalzo, sintiendo la rugosidad de la tierra bajo sus pies. Aquella tierra por la que él y todo su ejército iban a luchar en pocas horas, por la que tal vez fuesen a morir cientos, o miles… o quizás él mismo… Y sonrió, porque al fin y al cabo, la Profecía deciá que eso no sería así, y que al final del día, cuando la sangre cubriese la hierba y la tierra del campo de batalla, se levantaría sobre el cadáver de su enemigo, alzaría como un trofeo su cabeza cortada y sería proclamado rey. Pero eso sería la final del día que a penas estaba comenzando en aquellos momentos, y sentía que aún le faltaba una eternidad de lucha y dolor y muerte antes de que llegase ese momento.
-Mi señor.-la mano de Wytt en la espalda lo sacó de sus pensamientos-. Mi señor, ¿qué hacéis ahí descalzo? No es un buen momento para enfermar.-le dijo el joven escudero.
Athayr se volvió hacia él, sonriente, y le revolvió el pelo castaño.
-La Profecía dice que los reyes no enfermamos, ¿sabes?
Los ojos azules de Wytt se abrieron como platos y una exclamación quedó cortada en su garganta. Athayr lo dejó allí y apartó la tela de la entrada para introducirse en la tienda.
-¿Os burláis de mí, mi señor?-le preguntó el chico mientras corría tras él un segundo después.
-¿Por qué habría de hacerlo, chico? Me han repetido tantas veces esa Profecía desde que tenía tu edad, que me sé de memoria hasta el último punto.El muchacho le miró parpadeando atónito.
-¿Y qué queréis decir con eso, mi señor?
Athayr cerró los ojos y sacudió la cabeza.
-Realmente nada, Wytt. Nada en absoluto.
Ninguna cosa pesaba tanto sobre los hombros de Athayr como aquella maldita Profecía que regía todos y cada uno de sus movimientos desde hacía casi diez años. ¿Por qué? ¿Quién les decía que era él ese futuro rey? ¿Y si ahora moría en esta batalla? ¿Y si se negaba a salir de nuevo a luchar y ver morir a tantos hombres, a tantos amigos? ¿Quién les decía que no podía casarse con Leah si ambos se amaban y estaban de acuerdo? ¿Una Profecía? ¡Los hombres hacen las profecías, no las profecías a los hombres! Y en ese momento se dio cuenta de que si esa noche por fin era rey, nada podría evitar qeu hiciese su voluntad, pues esa era la última línea de la Profecía.
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“… La Estrella Púrpura se alzará sobre el Enemigo abatido, levantará su cabeza, y la Casa de Reh volverá a reinar en Ancta. Así fue dicho por los Dioses. Y así se cumplirá.”
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Caía la lluvia, resonando como los pasos de miles de soldados con armadura que caminasen sobre el techo de paja de la casa. Athayr estaba asomado a la ventana, con la barbilla apoyada en los antebrazos, observando atentamente la tela de araña que resistía heroicamente contra viento y agua.Entonces se fijó en la figura oscura que caminaba por el sendero en dirección a la casa. Se apoyaba en un bastón tan retorcido como parecía la propia espalda del caminante. Se cubría con un manto con capucha pardo, o tal vez negro, bajo el que a penas se vislumbraban un par de botas gastadas y otro de manos como garras de águila; pero era imposible saber si se trataba de hombre, mujer, humano o de cualquier otra raza. Se acercaba con paso firme y la lluvia parecía no molestarle ni dificultar su camino, así que cuando Athayr se decidió a ir a avisar a su madre, el misterioso visitante ya estaba golpeando la puerta de la casa con su bastón.
-¡Madre!-gritó mientras se oían un par de toques, madera contra madera- ¡Hay alguien en la puerta!
Su madre ya salía de la cocina, limpiándose la harian de las manos en la tela que colgaba de su cinturón para tal menester.
-¿Has visto quién es, hijo?-preguntó al chico mientras se aproximaba a la puerta.
-La verdad es que no se le veía la cara. Llueve y lleva capucha.
Abrió con un crujido, justo cuando el bastón iba a golpear de nuevo. El viento y la lluvia mojaron las zapatillas de ante de su madre, que miraba perpleja la figura que tenía ante sí.
-¿Me vas a tener aquí fuera con este tiempo?-resonó la voz chirriante de urraca bajo la capucha. Y con un gesto del bastón, su madre se apartó para que pudiese entrar. Se encaminó a la mesa, se sentó en una silla y por fin Athayr pudo ver su rostro cuando echó la capucha hacia atrás.

La Caída

Mientras caía, el Ángel se preguntó si había merecido la pena, si alguna vez todos los que lucharon con él se darían cuenta de lo que habían perdido realmente, si alguna vez se perdonarían por no volver a oír la Voz reconfortante. Roca, magma y cenizas; era lo único que les quedaba, porque ya no volverían a ver la Luz Divina, y nunca más sentirían su Presencia.
De rodillas, sobre la lava todavía caliente, rodeado de los humos sulfurosos, alzó la cabeza para ver por última vez el Destello en lo Alto. Cerró los puños, se tragó las lágrimas amargas y se levantó orgullosamente. Ahora tenía todo un Reino para gobernar.

*Clavis* II- La Niña Arabel

La niña Arabel abrió por fin sus enormes ojos -uno de cada color: verde como la menta y acaramelado como la miel- y parpadeó un par de veces antes de poder enfocar correctamente al Señor Blanco, que permanecía tumbado en la almohada junto a sus rizos cobrizos, lamiéndose en una elástica contorsión la pata trasera derecha. El Señor Blanco también parpadeó, mirándola un momento con sus ojos oblícuos de color zafiro, todavía con la lengua rosa de fuera y la pata muy estirada. Y al segundo ya estaba pasándole la lengua rosa de lija por las mejillas aún coloradas tras el sueño.

-Buenos días tenga usted también, Señor Blanco. -le dijo la niña Arabel con un susurro y una risa. Acto seguido, se incorporó sobre uno de sus pequeños codos y miró alrededor, -apartando un poco con una mano al Señor Blanco-, hasta que sus ojos se encontraron con la figura oculta entre las sombras junto al armario blanco y lila-. No me he olvidado de usted, Señor Áquila. ¡Buenos días!

La figura dio un paso, saliendo de las sombras, y se dobló por la cintura en una reverencia exagerada.

-El Cazador a sus servicios. Como siempre, milady. -dijo guiñándole uno de sus ojos dorados mientras volvía a la verticalidad. El Señor Áquila tenía el cabello negro y brillante como ala de cuervo, y la piel morena, con unos hermosos rasgos marcados. Vestía una capelina de seda negra bordada con flores y aves rapaces, camisa blanca, pantalones oscuros y altas botas de montar. Y al cinturón solía llevar un gran cuchillo de caza, con la empuñadura dorada engastada con un enorme rubí, enfundado en cuero brocado con el dibujo de un águila.

El Señor Áquila se echó a un lado cuando la mamá de la niña Arabel entró por la puerta entreabierta del dormitorio, volviendo a deslizarse entre la oscuridad como si ella pudiese verle; Arabel sabía perfectamente que nadie excepto ella podia ver al Cazador. Y se sentó sobre la colcha de florecillas rosas y azules, intentando colocar sus piernecitas tal y como había visto en alguno de los libros de posturas raras que solía usar su mamá cuando estaba nerviosa.

-Arabel, cielo, ¿ya estás despierta? -le dijo acariciando una de sus mejillas y colocándole el cabello rojizo hacia atrás.

Arabel movió con un gran ímpetu la cabeza, arriba y abajo, de modo afirmativo.

-Sí, sí, sí. Ya estoy despierta. -y se quedó mirando a mamá, esperando algo indefinido.

-Nena, es muy temprano; pero si quieres, puedo prepararte algo para desayunar. ¿Quieres?

Los ojos desiguales de la niña Arabel se hicieron todavía más grandes, más brillantes; y volvió a afirmar enérgicamente con la cabeza.

-¿Pueden desayunar con nosotros el Señor Blanco y el Señor Áquila, mami? -preguntó poniendo la cara suplicante que sabía que surtiría efecto.

Mamá se rió.

-Sí, cielo; si quieres pueden venir. Ahora métete un momento en cama, -le dijo ayudándola a introducirse entre las sábanas-, que te vendré a buscar en cuanto esté listo.

*Clavis* I- Una losa y dos llamadas

Sara ya era mayor. Podía notarlo por el dolor en la espalda y la horrible jaqueca que la acompañaban de vez en cuando desde hacía un tiempo; pero, sobre todo, se había dado cuenta de lo mayor que era, y que sería, por el martilleante sonido del despertador que la avisaba de que eran ya las seis y media de la mañana. No es que fuera la primera vez que se levantaba a esa hora, llevaba haciéndolo desde que había empezado a trabajar en el Centro Comercial; sin embargo, ese día, los años le habían caído de pronto encima como una losa que la mantuviese inmóvil sobre el colchón, incapaz de mover la mano para apagar el repiqueteo incesante de la campanilla del despertador. Era una losa informe, sorpresiva y definitivamente con una inconmensurable falta de sentido de la oportunidad. Como pudo, intentó echarla a un lado para estirar torpemente el brazo y apagar de una vez la alarma que le taladraba los oídos. Suspiró, cogió aire en los pulmones, y con un gran esfuerzo, se deshizo por fin de la maldita losa. “Hoy no”.-se dijo-. “No has elegido un buen día para llegar”. Y se incorporó en cama lo mejor que pudo. Levantarse y escoger la ropa adecuada fueron movimientos automáticos que llevó a cabo sin grandes problemas; igual que la ducha matutina y el vestirse. Eran cosas que llevaba haciendo sola desde los cinco años, así que veinticinco de práctica le habían servido no tanto para depurar la técnica como para poder hacerlo por fin sin cometer errores del tipo: ponerse calcetines de pares distintos o una camiseta del revés. Volvió a suspirar, lo más difícil de los días normales había pasado, pero tenía que recordar que aquél no sería precisamente un día “normal”.

Ya en la cocina, colocó un post-it en la nevera para recordarse a la sí misma del futuro que debería comprar leche, galletas, mermelada y alguna otra cosa que en ese preciso momento no podía recordar. Desayunó con la falta de tranquilidad y tiempo habitual en ella y echó los cacharros sucios al fregadero. Volvió a suspirar y miró el reloj con forma de vaca que colgaba en la pared sobre su cabeza. Las siete y media; todavía le quedaba cerca de una hora. Y se dirigió a la puerta principal del apartamento con una sonrisa que no terminaba de comprender, pues realmente empezaba a sentir esas libélulas en la barriga, las que notaba cuando se ponía francamente nerviosa.

¡Riiiinnnnggg! ¡Riiiiinnnngggg! El teléfono. Descolgó al tercer timbrazo.

-¿Diga? -dijo después de carraspear, pensando en quién sería el insensato que llamaba por teléfono a alguien a las siete y media de la mañana. Que ese alguien estuviese ya despierto y a punto de salir a trabajar era pura coincidencia, por supuesto.

-¿Sara? Soy yo, Laura. -sí, no cabía duda de que la voz era la de su hermana mayor.- Mira, te llamaba para que te acuerdes de que hoy te llevo a Arabel. ¿A eso de las cinco?

-Sí. -suspiró de nuevo-. A esa hora me va bien. -las libélulas empezaron a hacer picados acrobáticos en su estómago, chocando unas contra otras y volviendo a empezar.

-Pues vete preparando, porque ya está despierta preparando su maleta y planeando lo que váis a hacer. -la oyó reirse al otro lado del hilo telefónico. ¿Era sadismo lo que notaba en su risa?- Que sepas que se llevará al Señor Blanco. -remató.

-¿Ese amigo suyo invisible? -preguntó, intentando disimular el temblor en la voz.

-No, mujer. El Señor Blanco es el gato. -y volvió a reírse. ¿Burla tal vez?

-¡Ah!¡Eso lo soluciona todo! -le salió del alma.- ¡Tres al precio de uno!

-¿Te molesta que lo lleve? Es que ella lo quiere tanto…. -y al oír la pena en la voz de Laura se sintió tremendamente culpable.

-No, mujer. Ya sabes que adoro a los gatos. Si tuviera tiempo tendría uno. En serio, no me molesta que lo traiga. Sólo tendré que apuntar la “comida para gatos” en la lista de la compra. -se acordó entonces de la hora y miró el reloj. Menos veinte.- Bueno, nena, te dejo, que me tengo que ir a trabajar.

-¿A las cinco? -le oyó decir otra vez.

-Sí, a las cinco. Un beso a Pablo. Chao.

-Chao. -y colgó.

Cuando se dirigía a la puerta lo oyó. ¡Toc, toc! Dos golpes de nudillos contra madera. ¿Quién demonios llamaba a la puerta -sin usar el timbre- a las ocho menos veinte de la mañana? Le pareció sufrir un “deja vú”. Pero como iba a salir, le dio un poco más igual que antes. Miró por la mirilla, y volvió a mirar de nuevo. Siete de junio… No, hasta donde sabía, nadie celebraba los Carnavales en siete de junio. Así que abrió la puerta y dijo lo de siempre:

-No me interesa comprar nada. -mientras miraba al hombre frente a ella de arriba a abajo.