Nadie le había dicho nunca antes la verdad. Tuvo que descubrirla ella misma y de aquella forma tan peculiar. Vivía sola, en un pequeño ático de un edificio apartado del centro: nunca le había gustado estar rodeada de gente; cosa curiosa teniendo en cuenta a qué se dedicaba por aquel entonces. Tenía que apañarse como podía con el sueldo de camarera de fin de semana de un concurrido pub situado apenas a un par de casas de donde vivía. Toda su vida quedaba cerca de la vetusta Facultad en la que estudiaba durante el resto de la semana.
La única compañía que solía tener era la música de su viejo radio-cassette y las visitas eventuales de Sebastián, el dueño del local en que trabajaba. Al final había resultado un buen amigo, a pesar de las discusiones que tenían cada vez que hablaban: por cualquier tema, por cualquier cosa, siempre terminaban enfrentados, con posturas completamente opuestas.
El ático no era muy grande. En el salón ya tenía la cama, no por falta de una habitación que cumpliese las funciones de dormitorio, sino porque casi todo lo que le gustaba a Gabi lo tenía allí, con lo que había terminado por trasladar la cama de su sitio habitual a ese otro tan poco ortodoxo. La antigua alcoba, a su vez, había terminado ejerciendo de trastero-vestidor. Un baño y una pequeña cocina ocupaban el resto del espacio junto con el tendedero, en donde solía dormitar Spot, el gato.
La vida de Gabi podría haber sido la de una estudiante normal, de no ser porque precisamente no lo era. Todo lo que hacía y pensaba terminaba influenciado por las visiones. Siempre habían estado ahí, desde que tenía uso de razón. Destellos de luz que cegaban todo a su alrededor; imágenes, borrosas primero y luego nítidas como la vida misma, describiendo en segundos cosas que después podían durar horas o días, para volver después a la realidad con el mareo en la cabeza, el nudo en el estómago y, algunas veces, el vómito a los pies. Siempre sucedía igual, y todo lo que veía terminaba tomando cuerpo en el mundo real. Pocas personas, a parte de su madre y de su abuelo, sabían que aquellos “ataques” no tenían nada que ver con la epilepsia ni con ninguna otra enfermedad –eso era lo que solía pensar la mayor parte de la gente, una mayoría que probablemente nunca había presenciado un auténtico ataque epiléptico. Sus abuelos siempre habían considerado que sus visiones eran una bendición de Dios. Y su madre callaba, nunca decía nada.
Aquel día había comenzado como tantos otros días, con la radio puesta y la puerta del baño abierta para poder oírla mientras se duchaba. El sonido de la voz del hombre de las noticias de la tarde la acompañaba, aunque aquel día parecía que todo eran horribles catástrofes y revueltas civiles. Spot odiaba especialmente ese cuarto, por eso a penas solía entrar, y como mucho asomaba su cabeza rayada por el marco de la puerta. Esa fue la última visión del mundo real que tuvo antes de que el rayo de luz atravesase su cabeza: los ojos anaranjados del gato que la miraban fijamente. Unos ojos negros. Una mano de piel morena con un anillo de plata y el puño de una camisa negra. Ropa blanca que ondea. Papá. Sangre en la ropa blanca, atravesada por una espada. Olor a plumas quemadas. Papá empuñando la espada. Una hermosa sonrisa, piel morena. Azulejos blancos. Los azulejos del baño, la lengua rasposa de Spot lamiendo su mano. Otra vez el mareo y unas náuseas que no pudo detener.
Spot salió corriendo a tiempo. Gabi se levantó pesadamente después de un momento para asentarse en su vida de nuevo. Sin saber porqué se había dado cuenta de que aquella visión había sido diferente: había visto a su padre por primera vez. Se limpió la comisura de los labios y tomó un vaso de agua para enjuagarse la boca y sacarse el sabor a bilis. Se miró en el espejo, -todavía con el pelo mojado y la piel húmeda-, fijamente a los ojos marrones, el cabello ondulado de color castaño caoba, la piel blanca y fina. Reconoció en su imagen aquélla que había visto en su visión y que sin saber porqué identificó con su padre. Un escalofrío la recorrió de los pies a la cabeza mientras se agarraba firmemente al borde del lavabo. Tomó la toalla que había al lado de la mampara de la ducha y comenzó a secarse lentamente todo el cuerpo, intentando asimilar todo lo que había visto esta vez. Después de secarse el cabello con el secador, salió al salón, apagó la radio y fue a vestirse, tenía que estar a punto en media hora; a punto y sirviendo copas con la mejor sonrisa posible.
Entonces vio aquellos ojos entre la multitud. Eran negros, profundos y brillantes como el infierno. De pronto estaban frente a ella, mientras su voz le susurraba al oído: “Quiero tu mente, tu cuerpo y tu alma”. Al cobrar consciencia del momento dio un respingo y se echó hacia atrás. Vio su sonrisa, el cabello negro y rizado cayendo sobre la camisa negra y, de nuevo, sus ojos.
-¿Perdone?- consiguió articular.
-He dicho que si me puedes poner una copa de Barbancourt Reserva Especial, por favor.
Gabi sacudió la cabeza, se giró y cogió la botella de ron jamaicano. La posó en el mostrador junto a la mano del hombre y vio el anillo de plata. Una mano de piel morena con el puño de una camisa negra. La misma de su visión.
Retazos de una historia sin terminar
Diciembre 12, 2007 en 6:02 pm (Literatura, Relatos sueltos)
La Caída
Abril 1, 2006 en 11:26 am (Fantasía, Literatura, Relatos sueltos)
Mientras caía, el Ángel se preguntó si había merecido la pena, si alguna vez se darían cuenta de lo que habían perdido realmente, si alguna vez se perdonarían por no volver a oír la Voz reconfortante. Roca, magma y cenizas; era lo único que les quedaba, porque ya no volverían a ver la Luz Divina, y nunca más sentirían su Presencia.
De rodillas, sobre la lava todavía caliente, rodeado de los humos sulfurados, levantó la cabeza para ver por última vez el Destello en lo Alto. Cerró los puños, se tragó las lágrimas amargas y se levantó orgullosamente. Ahora tenía todo un Reino para gobernar.